El 17 de octubre de 2004, después de una enfermedad implacable a la que Ana nunca le permitió sesgar su mente y su espíritu, nuestra amiga y compañera partió. Hasta los últimos días de su vida continuó produciendo con esa dedicación y entusiasmo que siempre la caracterizaron. Permaneció atenta no sólo a los sucesos y a las personas de su entorno más íntimo, sino incluso al acontecer mundial al que siempre se aproximó con esa mirada crítica, pero profundamente humana.
Nació en la Ciudad de México en 1938, desde muy joven mostró una actitud combativa frente a la injusticia y la desigualdad social que la llevó más tarde a asumir un compromiso político que se expresó en todos los ámbitos de su vida. En 1962 ingresó a la ENAH, lo que marcó el despegue de una carrera académica intensa. Diez años más tarde, en su tesis de maestría Villa de Reyes, San Luis Potosí: un núcleo agrícola en la frontera norte de Mesoamérica se develó claramente su atracción por la condición de frontera y las dinámicas culturales del centro-norte de México, un área hasta entonces relegada por la arqueología por su supuesta naturaleza marginal.
En 1972, se involucró en el Proyecto Tula del Departamento de Monumentos Prehispánicos, participó del estudio regional en sus dimensiones histórica y geográfica. Allí empezó a establecer relaciones de trabajo y de amistad con colegas, con los que más tarde compartió intereses y proyectos en Guanajuato y en Querétaro.
Años después, en el marco de la descentralización de las funciones del INAH, se fundan los primeros centros regionales y en 1979 Ana pasó a formar parte del joven Centro Regional de Guanajuato-Querétaro. Inició un sinnúmero de programas y proyectos para registrar y salvaguardar los testimonios arqueológicos de Guanajuato, así como para abordar el conocimiento de los pueblos prehispánicos del centro-norte y su diversidad cultural, rechazó de manera tajante su designación como marginales al desarrollo mesoamericano. Para abordar los procesos sociopolíticos de dichos pueblos aspiró a formular un esquema de desarrollo desde el cual se derivaron hipótesis de trabajo, lo que concretó más adelante en varios textos.
Fue una de las fundadoras en 1984 y extendió sus inquietudes principalmente al sur del valle queretano, donde dirigió el Proyecto Arqueológico El Cerrito. En la práctica profesional estimuló y participó en la conformación de un núcleo de investigadores de la región, convencida de que el proceso de investigación sólo podía realizarse de manera colectiva. Simplemente no concebía la práctica arqueológica sin el intercambio sistemático de ideas con sus colegas. Más allá de la perspectiva antropológica de su formación profesional, su curiosidad intelectual la mantuvo en una búsqueda de otros ángulos para aproximarse a las sociedades que ocuparon en diversos tiempos el centro norte. Esta inquietud la llevó a promover la interdisciplina al tiempo que incursionó en otros campos. A su primera formación se sumaron estudios en Geografía, en la UNAM que alentaron su interés por los fenómenos espaciales y su manifestación territorial. La orientación científica de sus investigaciones fue indisociable de su compromiso político, así la noción de territorio aunada a la del tiempo fue concebida como manifestaciones de poder y se entremezclaron a lo largo de su obra más reciente, cristalizada en una tesis de doctorado que dejó casi concluida. En este trabajo, que gira en torno a la conquista y las formas de colonización de la Gran Chichimeca en la memoria otomí, se conjugan la etnohistoria, la etnología y la arqueología, y rebasan una concepción disciplinaria fragmentada para abordar de manera más integral su objeto de estudio.
Ana no se constreñía al espacio mexicano. En el último simposio que organizó para la reunión de americanistas en Santiago de Chile, en el verano de 2003, logró reunir a colegas de diversos campos y distintas nacionalidades para compartir experiencias de análisis en torno a las sociedades en contacto. Su ímpetu y generosidad contagió a historiadoras brasileñas, lo que posibilitó la creación de redes de intercambio académico entre varias de las participantes y que culminó con la coordinación de un volumen que integra dichas investigaciones. Su coherencia e integridad la condujeron simultáneamente a participar de manera activa en la organización sindical. En 1974, luego de una lucha para regularizar la situación de pasantes que laboraban en el INAH, fue elegida para presidir el primer comité democrático de la delegación de investigadores del INAH, que desembocó en el logro de mejores condiciones de trabajo y de un escalafón para los investigadores, vigente en la actualidad. A partir de entonces pugnó por la participación de los investigadores en las decisiones adoptadas al interior del INAH. Al concluir su gestión sindical, Ana se incorporó al Partido Comunista Mexicano. En un principio, mientras vivió en la ciudad de México militó en la célula “Antonio Gramsci” junto con otros colegas, y más tarde participó en Guanajuato hasta la desaparición del PCM y su transformación en PSUM.
Todos la recordaremos por su intensidad, como incansable investigadora y como infatigable combatiente. Para muchos fue una entrañable amiga, siempre generosa y solidaria a la que extrañamos. Le sobreviven dos hijos. El siguiente es un extracto de su producción académica. No se incluyen varios textos que se encuentran en preparación. •
* Este texto fue publicado originalmente en la revista Arqueología, segunda época, enero/ abril, INAH, México, 2005, pp. 183-188. Se presenta aquí con algunas modificaciones y adiciones a la bibliografía general.
Autoras:
María Rosa Avilez Moreno. Profesora investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia, México.
Véronique Darras. Investigadora del Centre National de la Recherche Scientifique, Nanterre, Francia; agradecemos la información proporcionada por el Dr. Carlos Viramontes Anzures (CINAH de Querétaro) y la Mtra. Aldir González Morelos (DEA- INAH).